Ella estaba en silencio, con la mirada perdida. Él no podía parar de mirarla y asustado por su ausencia finalmente le preguntó qué le pasaba. Ella respondió "nada", aún sabiendo que no era cierto, y él le clavó su mirada más dulce, intentando darle confianza, porque sabía que su silencio era debido al miedo.
Sin apartar un segundo la mirada se acercó más a ella, dejando unos milímetros entre sus entreabiertas bocas.
Nunca supieron quien besó a quién, pero desde ese momento permanecieron mucho tiempo en silencio, comiéndose las palabras mutuamente.
En aquel vacío, donde perdieron la noción del tiempo, no se oía ningún ruido. Se amaban rodeados de un silencio absoluto que se rompía únicamente por el sonido de sus bocas al entrelazarse. Un sonido tan suave que permitía oír el roce de su piel con la ropa de la cama.
Se movían lentamente, manteniendo siempre la mirada, sonriendo cuando sus bocas se separaban y rompiendo el silencio solo con suaves gemidos que parecían quejarse de esa calma.
Pero no necesitaban quitarse la ropa para sentirse uno dentro del otro. Ya se llevaban en lo más profundo de su ser. Se llevaban en el corazón. Y una vez los dos lo supieron se miraron en silencio, se volvieron a sonreír y permanecieron largas horas abrazados, tendidos sobre esa cama que tantos silencios había acompañado hasta entonces y sintieron que nada podría estropear ese momento de eterna dulzura e infinito amor.

Miry — 16-06-2006 11:49:39